Friday, October 14, 2005

LAS MOTAS DEL NEGRO GARIVA

En el momento en que confirmé mi participación, no tenía otra voluntad que complacer a Fede, mi hijo, quien me venía hinchando las pelotas con el tema del campeonato de Papi Fútbol 8 desde hacía varias semanas. La idea del torneo había sido suya y, al convencer al director del colegio para llevarla a cabo, me había impuesto la obligación moral de participar. Ninguna excusa me salvaría de entrar a la cancha; ni siquiera la que era real y toda mi familia conocía: mi habilidad natural para transformar cualquier evento deportivo en una batalla campal. Además, no me alentaba la idea de conformar un equipo con otros siete viejos chotos que apenas podían correr.
Sin embargo, una llamada de Juan, el padre del mejor amigo de Fede, logró llegarme a la fibra más íntima y transformar mi desinterés en profundas ganas de dejar el alma en una cancha de fútbol. Juan me contó que los profesores habían armado un buen cuadro y andaban boquillando, por los corredores del colegio, que la batería de cocina que había como premio para el campeón, la tenían ganada incluso antes de jugar.
- El primer partido es contra ellos. -Me informó Juan.- Además – agregó- tienen al Negro Gariva jugando de nueve.- Este último dato garantizó definitivamente mi presencia en la zaga del equipo de padres.
El Negro Gariva era el profesor de portugués de Fede, un carioca que, el año anterior, había mandado a mi hijo a recuperación, privando a toda la familia de las vacaciones de febrero. Juan, dando por descontado que el dato acerca del brasuca había logrado convencerme, me describió la alineación de nuestro equipo, con mi presencia incluida. Formábamos con: el Flaco Piñeyro al arco; abajo, en línea de tres: Gonzalo Bastista, yo y el César Camuratti. En el medio, Salomón Weissman y Saturno Mendoza, padre del mejicano. Y arriba, de punta, el Gordo Aldo, de quien no se podía esperar que bajara a ayudar en la marca, pero prometía llevarse a los defensas rivales por delante con sus ciento veinte kilos de peso. Juan haría las veces de DT.
- Lindo cuadro. -Pensé irónicamente, recordando, de las pocas veces que me los crucé en la puerta de algún cumpleaños, sus siluetas, entradas en kilos algunas y envejecidas todas.
- ¡Aguante los padres de 4º A! – Le dije a Juan, a modo de despedida, parafraseando a nuestros hijos, y me dispuse a contarle la noticia a Fede.

El partido contra los profesores arrancó puntual en la cancha principal del campo deportivo del Queen Elizabeth School. Era domingo, faltaban dos horas para que el sol alcanzara su punto más alto y todos los gurices del colegio saturaban las graderías confeccionadas con tablones de obra prolijamente barnizados. Contra uno de los laterales, bien cerca de la raya, se encontraba Mariana, mi mujer, junto a Fede y las tres nenas, quienes habían pintado en una sábana, con letras rojas y negras: Papi Goleador.
Entramos a la cancha decididos a dar un buen espectáculo, pero fundamentalmente -desoyendo las palabras del juez: "señores, estamos acá para divertirnos"-, a romperles bien el orto a esos profesores que, de lunes a viernes, botonean a nuestros hijos en un salón de clase.
Ellos alinearon con: el de Matemáticas al arco (que había bochado a Fede en dos exámenes seguidos y que, aparte, era medio puto); en el fondo, el rubio grandote de Educación Física, el veterano de Historia y el peludo de Biología; al medio el gordo de Idioma Español, el bigotudo de Inglés y el loco de Química; y adelante, de número nueve pescador, el Negro Gariva.
Movieron ellos y, a los tres minutos, nos clavaron el primero: un zurdazo tremendo del profesor de portugués que se coló abajo, contra el palo derecho del Flaco Piñeyro, goalkeeper demasiado alto para las pelotas rastreras. El sorete del Negro Gariva lo festejó como si fuera la final de mundo; se sacó la camiseta y dio una vuelta entera a la cancha, revoleando la prenda y anunciando a todos, a grito pelado, que era el “Animal do Maracaná”, apodo con el cual, los periodistas de su país, bautizaron al baixinho Romario. La calentura de los niños en la tribuna provocó un aluvión de pedazos de sánguche y botellas de plástico vacías sobre la cabeza del brasilero.
Pasaron diez minutos más y, sin contar una pelota que se estrelló contra el travesaño y un par de atajadas trascendentales del Flaco Piñeyro, no hubo demasiado riesgo para nuestro arco. Pero nosotros no pasábamos la mitad de la cancha. De hecho, el Gordo Aldo, parado entre el área de ellos y el círculo central, con la pelada tan empapada en sudor como la camiseta y puteando contra la imprecisión de nuestros pases, aún no había tocado una sola pelota.
Fue a los quince exactos – puedo afirmarlo porque acababa de preguntarle la hora a Fede, quien se encontraba casi adentro de la cancha con el cronómetro en la mano, dándome indicaciones sobre cómo pararme en la última línea- cuando el Negro Gariva le tiró un caño al Gordo Aldo en la mitad de la cancha y encaró rumbo al área nuestra. A esa altura del partido, yo llevaba las medias bajas y la camiseta por afuera del pantalón; gritaba como un desaforado, intentando ordenar el equipo, y tenía la cara roja y las venas del cuello y la frente a punto de estallar. Además, me faltaba el aire.
El Negro se venía. Saturno, el mejicano, le salió desesperado y se comió un amague humillante que lo dejó sentado, con las palmas de las manos apoyadas en la gramilla y las piernas estiradas al máximo. César también le fue al cruce pero pasó de largo como un misil. Hay que reconocerle, a César, la intención de pararlo en seco con un patadón que, de haberlo alcanzado, hubiera mandado al brasilero directo al hospital. Pero falló y el Negro seguía avanzando, con pelota dominada, derecho al gol.
Como último hombre, sólo me quedaba una alternativa: con la velocidad que venía, desde el lateral opuesto, me le tiré con las dos suelas hacia delante y, en el momento que los tapones hicieron contacto con su tibia, sentí el inconfundible ruido de un hueso al quebrarse.
El juez pitó enfervorizado y, por el rabillo del ojo, lo vi correr hacia mí, medio agachado, llevándose la mano derecha al bolsillo de atrás del pantalón en busca de la tarjeta roja. El Negro dejó escapar un grito desgarrador y cayó al suelo, con la pierna derecha recogida, agarrada con fuerza entre sus brazos, la rodilla contra el pecho y el talón casi clavado en el culo. Giraba sobre el césped hacia un lado y hacia otro mientras apretaba con fuerza los párpados y compungía todo su rostro. Me acerqué para ayudarlo a levantarse y aproveché para pisarle la pierna sana y dejarle todos los tapones de aluminio marcados en la piel del muslo. Mientras, el resto de los profesores se venía a la carrera, gritando obscenidades al juez, a mí y a la santa mujer que me cargó en su vientre durante nueve largos meses. Levanté la vista y vi como el Gordo Aldo le ponía una tremenda panadera en la oreja al profe de Historia, quien cayó al suelo tirando un par de patadas sin demasiado criterio. Contra el banderín del corner, el trolo de Matemáticas había parado de correr y tenía al flaco Piñeyro agarrado de los pelos. El Flaco, mientras, lo golpeaba en la zona del abdomen con unos ganchos no muy precisos de izquierda y derecha. Yo le pisé la mano al Negro Gariva, que seguía revolcándose en el pasto, y corrí para ayudar a Weissman, quien forcejeaba intentando librarse de una toma de brazo que le estaba aplicando el profesor de Educación Física. César y Saturno estaban trenzados con varios profesores en un entrevero de piernas, brazos, tierra y pasto en el cual era imposible deducir quién golpeaba a quién.
No pasó mucho tiempo antes que todos los niños entraran a la cancha y se armara la batahola más grande que yo hubiera visto dentro de una campo de fútbol. Una piñata que duró como media hora y que sólo el cansancio general logró disolver.

Los años pasaron y mi hijo Fede, hoy gastroenterólogo, aún conserva, dentro de un salero de plástico transparente que formaba parte del premio al campeón, un manojo de motas del Negro Gariva, recuerdo enmarañado de aquel primer partido en el campo deportivo del Queen Elizabeth School.

1 Comments:

Blogger RosaMaría said...

jajaja... sufrí, me divertí, y sudé corriendo en la cancha. Me encantó.No tiene nada que envidiarle a las grandes vataholas que se arma en cualquier cancha.
Te felicito: Rayll... espero que sepas quien soy.

3:36 PM  

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