Friday, October 14, 2005

CUANDO TE DUERMAS


El hombre tenía plena conciencia de su futuro. También de que el tiempo sería el enemigo a vencer, con la consecuente frustración que tal certeza es capaz de generar. No había manera de escapar a una realidad que ya estaba definida; y no porque el hombre creyera que el destino de cada persona se encuentra marcado, sino porque, en este caso, el destino era inmutable. Quizá no estaba escrito, pero cualquiera hubiera podido hacerlo: bastaba apenas una hoja de papel en blanco, una pluma y una mano que la condujera. Allí estaba: firme, sólido, con la absoluta seguridad de que aquel sitio le pertenecía y nada ni nadie podría cambiarlo. El hombre lo sabía y se limitaba a observarlo, estudiando toda su anatomía en busca de un punto débil, de una puerta por donde entrarle y destartalarlo, para luego rearmarlo con la forma que su voluntad le dictara.

Era su primera noche en aquel lugar, había llegado hacía un par de horas y ya sabía muy bien lo que le ocurriría cuando el sueño lo venciera; pues sus compañeros se lo habían anunciado. Lo primero que hizo tras recibir la información, fue buscar una salida por el camino de la razón, tarea nada sencilla ya que el ataque había sido estratégicamente dirigido hacia esa zona y la eficiencia del mismo había logrado causar daños considerables. El hombre pensó que, a pesar del golpe recibido, aún seguía siendo aquél el mejor camino y que debía emplear toda su fuerza en repararlo antes de buscar uno alternativo. Al tomar acción comprendió que había iniciado un proyecto que, de escucharlo en una situación normal de su vida, lo hubiera considerado descabellado y cobarde. Pero no era aquélla una situación normal. Aún así, no lucharía más que consigo mismo. Y no porque enarbolara alguna clase de bandera pacifista, sino porque era imposible vislumbrar en un enfrentamiento la más remota chance de obtener una ventaja. Además, la certeza de perderlo todo en el intento tenía la consistencia de un glaciar.

El tercer sol que vio caer por entre los barrotes le confirmó lo que sus sensaciones le habían anticipado: la hora estaba llegando. Casi no se había movido en mucho tiempo. Llevaba varios días sin dormir, concibiendo las más terribles ideas, proyectando eventos cada vez más espantosos pues cada vez faltaba menos tiempo para que se materializaran. Lo estático de la situación física y la velocidad vertiginosa con la cual se sucedían las imágenes y los pensamientos en su cerebro lo estaban conduciendo al borde la locura. Se resistía al sueño como el agonizante se resiste a la muerte, aún sabiendo lo intrascendente que resulta ese esfuerzo. Dos hombres lo miraban escrutadores; otros dos dormían a pierna suelta en unas literas amuradas a una de las frías paredes grisáceas. Un quinto fumaba un porro, sentado casi encima del orificio que utilizaban a modo de retrete, y bebía, de una sucia taza de plástico, alcohol blanco con pequeños trozos de manzana. El hombre intentaba no prestarles atención y continuaba con la vista fija en el destino. Sin embargo, las miradas eran lanzadas por unos ojos tan cercanos y expectantes que era imposible ignorarlas por completo. La pieza medía cuatro por tres metros pero tenía una de las paredes, cuyo ángulo era un poco menor a noventa grados, que no sólo la hacía más pequeña, sino que también provocaba un efecto óptico desagradable.

Pensó en continuar su comportamiento racional diciéndose que, ante lo inevitable, la opción más inteligente era la de recibir el menor daño posible. Pero no conseguía dominarse. Había decidido no luchar porque sabía que además de lo prometido, recibiría un valor agregado que sólo vendría si él lo solicitaba. Anuló entonces la rebeldía y pisoteó el concepto de morir peleando, pero con el incentivo de hacer lo más lógico, lo que más le convenía. Ellos le habían dicho: no te vamos a forzar ni a pegar... sólo vamos a esperar que te duermas... Y él sabía que, más tarde o más temprano, acabaría dormido. Sin embargo, algo más fuerte que la razón le impedía entregarse al sueño y dejar que el destino escrito sucediera.

Cuando ya era imposible seguir adelante y el sueño había transformado sus ojos en pegajosas bolas inyectadas en sangre, el hombre dejó de respirar. Apenas tomó conciencia de que estaba a punto de reformar el destino que creía escrito, su corazón dejó de latir. Sólo tuvo tiempo para una última conclusión: había perdido la partida.

Uno de los presos, el que fumaba a un lado del retrete, se puso de pie, ante el desinterés de los otros cuatro, y dijo, con una leve sonrisa en los labios, desabrochándose la bragueta y dirigiéndose al cuerpo sin vida: cuando te duermas... o cuando te mueras... para mí es lo mismo.

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