Thursday, February 15, 2007

ALBERTO NO QUERÍA LLORAR




- No hay alternativa, machote, el combustible se acaba.
- Debemos intentar llegar a Flaka, Zach, sabes que no bajaré en este sucio planeta.
- La situación es crítica, Al, déjate de tonterías.
- Debemos intentarlo. Yo aquí no bajo.
- Jamás volveremos a ver la Tierra y tú te preocupas con pensamientos retrógrados; termina ya con las estupideces, Al; bajaremos en Sotup-Sodot si queremos seguir con vida. Además, no es tan terrible, verás que te acostumbrarás pronto.

Si bien se encontraban a poca distancia de Verde, el extremo bondadoso de la galaxia Flaka, el deterioro del tanque de combustible de la nave impediría al Capitán Alberto Mastrantonio y al Comandante Zacharias Deek llegar hasta alguno de sus planetas habitados. En ninguno de ellos las condiciones climáticas, así como la naturaleza y costumbres de las especies dominantes, diferían en lo medular con las humanas y, por ende, la adaptación al nuevo mundo sería relativamente sencilla.
Pero Zach no mentía. Si deseaban que sus vidas no terminaran dentro de aquella nave descompuesta, deberían descender en Sotup-Sodot, el planeta donde había surgido todo; el planeta madre de la vida en el Universo conocido.
Las naves exploradoras como la que había transportado a los misioneros humanos hasta aquellas lejanas regiones del cosmos, no eran plausibles de ser reparadas en ningún sitio más allá de los confines de la Vía Láctea, y si la falla era severa o bien afectaba las reservas de combustible, los tripulantes sólo podían aspirar a encontrarse lo suficientemente próximos a un planeta habitable. De esa manera podrían acceder a él mediante las cápsulas intratmósfera, de una autonomía no mayor a veinticuatro horas, e intentar rehacer sus vidas en el nuevo entorno.
Sotup-Sodot era la única opción y, al mismo tiempo -más allá de las características que presentaban sus habitantes, capaces de aterrar a Mastrantonio-, también la mejor. Un planeta físicamente similar a La Tierra; como hermanos gemelos separados al nacer.
La extraordinaria diferencia entre los sotúpicos y las demás especies conocidas en el Universo era un detalle de extraordinaria complejidad: la evolución no había separado los géneros. De hecho la dualidad que reina en el resto del universo fue el resultado de las experimentaciones genéticas de esta raza.
No existía en Sotup, entonces, la distinción entre macho y hembra, aunque los habitantes tampoco eran seres de reproducción autosuficiente. Todas las especies animales de este planeta, durante la mayor parte de sus vidas, vivían en su estado macho, al que ellos llamaban Jamer. Unos pocos días al mes, no más de ocho ni menos de seis, sus órganos masculinos se retraían y entraban en el estado Sani, hembra. El pene desaparecía bajo la piel del pubis pero, en su lugar, no se hacía visible ningún signo físico femenino. La principal mutación ocurría en el interior del cuerpo, donde un útero se desplegaba y se conectaba, a través de un tubo de notable sensibilidad, con el recto.
Estos seres, cuya apariencia externa presentaba una impactante similitud con los terrícolas del África Septentrional, podían, mientras se encontraban en el estado Sani, quedar encinta. Una vez fecundados, no volvían al estado Jamer hasta pasados treinta o cuarenta días del parto, quince meses más tarde.
No experimentaban cambios psicológicos en su pasaje de un estado a otro, sino que su forma de ver el mundo y la sexualidad era siempre la misma. Esto hacía que las únicas diferencias entre ambos estados fueran, por un lado, la capacidad de embarazarse y, por otro, la momentánea supresión de la reciprocidad sexual.

- ¿Eres conciente de la condición que los sotúpicos imponen a los forasteros que necesitan radicarse en su planeta? –Preguntó Al, consternado.
- No es tan grave. Tal vez hasta termines tomándole el gusto. –Respondió Zach con una sonrisa malignamente femenina.
- Me convertirán en un ser reproductivamente similar a ellos. –Dijo Al, sin escuchar a su compañero.
- Eso no es tan malo, piensa que podrás fecundar tu semilla en otro mundo y…
- Y … ¡Oh Dios! –Interrumpió Al, moviendo la cabeza de un lado a otro.- Ser fecundado.
- Serás una buena madre. –Sentenció Zach, que no deseaba disimular el bienestar que la situación le causaba.

Parado frente al espejo, Alberto se quitó el uniforme de Capitán hasta quedar completamente desnudo y se observó largamente. Primero el rostro, donde unos leves surcos se proyectaban, fugando, desde sus ojos grises. Luego los hombros fornidos, robustos; el pecho expandido y el abdomen dotado de formidable musculatura. Algunas canas en el vello del pecho reflejaban su incipiente madurez. Sin embargo, a sus noventa y siete años, era un tipo joven y fuerte que siempre había consagrado su tiempo libre a la actividad física. Un hombre idóneo para la tarea reproductiva.
Imaginó sus abdominales transformados en una barriga de embarazada, sus tensos músculos pectorales convertidos en voluminosas tetas y, tan a prisa como nunca lo había hecho, volvió a vestirse.

Con paso lento ingresó en la cabina de mando de la nave, donde Zach se encontraba ya manipulando los controles, ultimando los detalles para el lanzamiento de las cápsulas intratmósfera. Miró a su compañero y, con notorio desgano, tomó su posición en la butaca que le correspondía como capitán de la expedición.

- Lo haremos, Zach. Bajaremos en este sucio planeta. - Dijo, impidiendo que las lágrimas más dolorosas de su vida le enrojecieran la mirada. El esfuerzo represor era colosal, aunque no mayor que su empeño.

Al no quería llorar delante de Zach.



1 Comments:

Blogger RosaMaría said...

Inquietante, fantástico y bien hilado. Saludos

3:18 PM  

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